Con la instauración de la Segunda República la religión será uno de los puntos destacados en toda la evolución político-social del nuevo régimen, ya que tenía un gran peso en la vida de las personas. Los pensamientos liberales y progresistas comienzan a hacerse protagonistas en esta etapa, por lo que, en
referencia al catolicismo, la vinculación del laicismo con el progresismo era primordial para el avance del país.
De esta manera, las bases republicanas se asentarían en la Constitución de 1931, dejando claro un sistema de laicización del Estado que evolucionaría hasta el final de la Segunda República, presenciando un crecimiento considerable del anticlericalismo y que pondría nuevamente en apuros a las iglesias.
Tras el transcurso de los graves sucesos de mayo de 1931, durante la Segunda República, la celebración de cultos y manifestaciones religiosas como la Semana santa quedaron suspendidas hasta 1935, cuatro años después de la fatídica destrucción.
Fue gracias a la labor de la Agrupación de Cofradías que en diciembre de 1934 se lograría el acuerdo para la vuelta de las salidas procesionales para la Semana Santa del año siguiente. Los motivos eran razonables por parte de los cofrades malagueños y por petición expresa de varios sectores de la sociedad ante el desagravio a la Agrupación, además de la necesaria aportación económica para la recuperación del
patrimonio.
Cartel de la Semana Santa de 1936
La vuelta de los desfiles procesionales en 1935 fue gracias a los apoyos gubernamentales que recibió, concretamente, por el nuevo gobernador civil Alberto Insúa, perteneciente al partido radical y férreo defensor de esta tradición, catalogándose como “cristiano liberal”, respetuoso con todas las creencias y enamorado del arte en todas sus expresiones.
La salida de algunas imágenes como el Cristo de Ánimas y Ciegos supusieron la vuelta de esta festividad en años muy difíciles para las hermandes de Málaga y el proceso de recuperación en el que se encontraban.
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